08 mayo 2008


leo en el periódico Público de ayer que en Barcelona se representa estos días una obra de teatro cuya autora, la austriaca Elfriede Jelinek, premio Nobel en 2004, ha puesto en vida otra vez a Nora Helmer, la protagonista del drama Casa de Muñecas, de Ibsen, exactamente a partir de cuando termina la obra del genial sueco, cuando Nora da un portazo y planta a su marido y a sus hijos para descubrirse a sí misma. La obra se llama Lo que pasó cuando Nora dejó a su marido o Los pilares de las sociedades. El hecho de trasladar la acción a la Alemania de H... no tiene demasiada importancia, al parecer (pero ya se sabe que este nombre que empieza por H suele ser eje de una gran parte de las conversaciones que acaban mal en este glorioso mundo nuestro), el caso es que Nora debe ganarse la vida y pide trabajo en una fábrica. Los jefes de personal flipan y sus compañeros de trabajo la ven como una pija con raíces burguesas, dice Carme Portacelli, la directora del montaje. Por fin se hace una amiga en aquél entorno a pesar del abismo que las separa. Para pensar, que es lo que hace Nora, hay que tener tiempo y cultura y sus compañeros no tienen ni una cosa ni la otra, vuelvo a citar.
Nora, esta Nora metafórica, que ahora se encumbra como un baluarte del feminismo, no está tan lejos de quienes nos hemos visto, habiendo tenido cultura y tiempo para pensar, empuñando la herramienta de un oficio manual, en mi caso, jardinero o conductor de furgoneta, en lugar de un lápiz o una máquina calculadora. Cuantos ejemplos reales que sirven para ilustrar esto que os digo, biólogos que venden ordenadores en una tienda, historiadores escayolistas o químicos que manejan un taxi, los hay a patadas y los ejemplos se quintuplican entre los emigrantes.
Si a la burguesía le produzco repulsión, el rechazo que sentimos quienes, habiendo tenido cultura y tiempo para pensar, hemos tenido que bajar a pié de obra por parte de los proletarios de baja extracción social, que no han podido tener estudios, que han vivido una infancia con padres sin cultura o sin oficios cualificados, es feroz. Nunca me he sentido más rechazado. El temor que emana de sus actitudes de despecho, en la que parecen canalizar su ira de siglos, no es revolucionaria, no es contra quién les contrata y oprime si no contra el que consideran un advenedizo en su desgracia. Nunca encontré en ellos comprensión o camaradería.
Mi problema es, siempre lo ha sido, mi cara, mi aspecto de tipo que ha leído. Ya lo dije en los comentarios de ayer. Los burgueses se asustan ante mi presencia si rondo sus barrios, sus calles, sus bares, su territorio al fin y al cabo, pero entre los proletarios es aún peor, sospechan de mi, no soy persona grata, porque no comparto la desgracia de ser como ellos, de tener inoculado desde la infancia el temor al jefe, al encargao, al casero, al policía.
Poco sitio hay para mi en este mundo partido en dos, porque estoy en medio y el medio es un abismo hacia adelante y hacia atrás. Nadie quiere ni admite socialmente a alguien cuya vida evoluciona, se transforma, porque es peligroso. Porque no tiene miedo. Porque no tener miedo, ahora mismo, es peligroso.
...
pero va y resulta que hoy en El País vuelve a sonar el nombre de Elfriede Jelinek, la escritora austriaca de la que hablaba más arriba, equiparándola a su compatriota el feroz Thomas Bernhard y al hablar de los escritores austriacos que repudian la hipocresía de su país, el periodista (que seguramente debe de tener menos de 35 años) se olvida de Peter Handke, que pidió ser apátrida y vino a perderse a la estepa de Soria para ocultar su asco por haber nacido en el lugar que vió nacer a H... y al carnicero de Armstetten y cito el nombre de este futuro destino turístico no gratuítamente si no porque el periódico se hace precisamente eco de que Jelinek ha escrito sobre este caso en su web [ http://www.elfriedejelinek.com/ ] en un artículo titulado En el abandono.
Jelinek escribe y argumenta que en gran medida la opacidad de la que se valió para pasar desapercibido estriba en la estructura eminentemente patriarcal y machista de Austria. Esta es la razón de que este carcelero no sienta verguenza ni arrepentimiento. Es un producto natural del país. Es un caso con denominación de origen, como los alimentos, pero en este caso envenenado.
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