19 abril 2008


y qué me dices de esos extraños momentos en la vida de un blogero que como yo comete casi siempre la imprudencia de hablar de las reflexiones que le suscitan los hechos cotidianos de su entorno, que cuando le apetece hablar (escribir) sobre algo que le ha pasado siempre recuerda que tras el lanzamiento del post se encuentra toda una diana de lectores que, si no ávidos sí interesados, esperan, desean -en el fondo- no verse reconocidos nunca en estas mis líneas, cuando estas ostentan el lema de la especialidad de la casa, esas crudas descripciones de mis percepciones personales que en mis obras completas deberán figurar bajo el epígrafe Que borde eres, Pita
por ejemplo imaginemos que he estado visitando a un conocido en un lugar un tanto especial, fácil de reconocer, aunque yo no fuera explícito si me animara a describirlo y cuando me encuentro allí recibo uno de esos indicadores del entorno que me suscitan una idea, un pensamiento que en el instante inmediatamente posterior se trasforma en una palabra, detrás de la que empieza a nacer un pensamiento más complejo que quiero plasmar. caramba, lo tengo! una idea!
primero siempre es una frase que empieza a crecer con la forma de una descripción o un retrato, que procuro que me lleve más allá, entonces hurgo en mi mente, a través de mis referencias históricas, literarias, artísticas, añadiéndolas, mezclándolas, combinándolas, en mi cabeza. Es como comienza a tomar forma un texto. Un texto para mi blog. Un post
esos textos que antes los dabas por cerrados para una posterior relectura y revisión ahora, después de pasar de la cabeza al teclado, no se quedan archivados en una carpeta amarillovirtual del ordenata ni en un blanco y liso folio solitario prensado en el rodillo de goma negra de la máquina de escribir como bajo un tórculo
ahora vas y pulsas una tecla naranja que reza publicar entrada
y ya está
ahí va tu pensamiento en olas de hilos telefónicos y wi-fis a otros ojos, a otras lecturas desconocidas, a cada uno de vosotros, de nosotros, que cargamos con un bagaje de reinterpretación de lo escrito diferente y único y que se dispone a ser puesto en marcha con el café de la tarde delante de la pantalla
¡mi pensamiento! ¡consumido! ¡trasmitido!
¿no es esto, por ventura, maravilloso, amigo Sancho?
pero antes de eso, con el propio nacer el texto nace una certeza, que un alguien, en la red, que tú conoces, real o virtualmente, un lector, un consumidor, se va a sentir de una u otra manera concreta cuando lo lea. Piensas en él. Triste, alegre, entusiasmado, soprendido, divertido, ofendido, rozado, acosado, desnudado, lisonjeado, dolido o reconocido sin pudor en sus flaquezas mientras lee lo que tú has escrito. En ese instante, ante ese primer pensamiento de pre-escritura, estalla a la vez, como un colibrí en alerta roja, un mecanismo de represión que te tensa. Represión, positiva o negativa, que te influirá, que te impedirá ser libre en cualquier caso
óyela, no la oigas, óyela, no la oigas, óyela, qué más da, no la oigas, no la oigas,
y si me aventuro, y escribo casi sin corregir, y después publico en mi blog, algo como por ejemplo
el poco rato que aparté los ojos de mi plato observé sentado a la mesa a un grupo de personas extraordinario, sublime en el más estricto sentido de la palabra. Dotados de esas morfologías que solo se deberían de encontrar en un establo. Unos con una ligera acromegalia, frente redonda y cuero cabelludo escaso en la fontanela, otros de ojos saltones y prognatismo avanzado. Cejas hirsutas o bocas surcadas por las arrugas de la resignación. Brazos excesivamente largos o demasiado cortos. Desproporcionados, torpes, ruidosos y duros de oído, que en medio de un barullo infernal de platos, vasos y cubiertos chocando entre sí producido por ellos mismos se esforzaban pertinazmente en comunicarse, balbucientes, inconexos hasta tal punto que quién acertara a escucharles al pasar por allí dudaría seriamente de su coeficente intelectual
precisamente el día después de haber estado en una comida de trabajo
sé a ciencia cierta que alguien que estuvo allí (y que tiene la fea costumbre de entrar en maníasmías) no me lo iba a perdonar
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