10 abril 2008


ser un artista implica necesariamente vivir por encima de las posibilidades. Si yo vendiera, pongamos por caso, cinco fotos al mes, los montajes de los dípticos y trípticos de los cielos, que miden un metro y pico cada uno, a 1000 euros, viviría como un magnate. De hecho es al precio al que se venden pero no a ese ritmo. Pronto podré subir una foto de uno de mis trípticos en su nueva ubicación, la casa del amigo Pedro Lucía, poeta y artista de la vida, que ha tenido a bien invertir su dinero en permitirse disfrutar para siempre de una obra mía

como me ha dado envidia que mis fotos anden por ahí y por allá desde hace más de una año alegrando la vida de los otros he desembalado el montaje más pequeño, que es el único que cabría holgadamente en mi apartamento y lo he colgado en el salón. Es extraño que lo haga recién ahora ¿verdad?




Hace unos años, las paredes de la casa en la que vivía, un armatoste inclasificable en la calle de la Palma esquina a la calle del Acuerdo, estaban a rebosar de las fotos, dibujos y cuadros, enmarcados y en perfecto estado de revista, de todos mis amigos artistas, llenando pasillos y paredes por doquier

hoy todas esas obras, aún enmarcadas pero primorosamente empaquetadas, se revalorizan lentamente mientras permanecen debajo de las camas o en el sótano de casa de mi hermana. Obras casi inéditas, muchas dedicadas. Fotos de Alberto García-Alix, Javier Esteban, JL Santalla, Manuel Zambrana, Alberto Sáenz; dibujos y dibujitos de Javier de Juan, Ceesepe, Carlos Bloch; montajes de Miguel Copón, José Manuel Calleja, Bartolomé Ferrando o Antonio Gómez; cuadros y cuadritos de Luisa Pallarés, Carlos Bloch, Carlos García-Alix, Josep María Fontanet, amén de todas mis varias obras, montajes en urnas, collages, dibus y demás blablablas de aquella época en la que nos tocó vivir el principio de la madurez

ahora mis paredes están casi vacías, espejos viejos y desportillados (que me encantan), lienzos en blanco, el vinilo de la Velvet Undergound que se depliega con una botella de Cola Cola de Warhol, una copia enmarcada de la foto de Julio Cortázar en Madrid hecha por Chema Conesa y que robé hace quince años en la editorial Alfaguara, un cuadrito mínimo de Luisa Pallarés, una foto de una casa en ruinas que me regaló Ana Bendicho, mis gorras invernales, alguna postal y cosas rectangulares embaladas en papel marrón apoyadas contra los pocos espacios libres que quedan en esta mi cápsula de viajero inmóvil, de turista accidental. La casa más pequeña en la que he vivido nunca, poco más que un velero y donde llevo ya más de cinco años viviendo... por encima de mis posibilidades

 



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