14 febrero 2008


la función Extranjeros de Cambaleo Teatro, comienza con una anécdota que cuenta Sarrió de un viaje que hizo a Polonia, en los años ochenta sólo con cinco mil pelas que inmediatamente me recordó el viaje que hice a Venecia cuando yo tenía 22 años.
Salí en autobús de Madrid camino de Barcelona para coger un tren a Génova con un buen amigo de entonces y ya en Barcelona un conocido de una amiga se nos colgó literalmente la noche que dormimos allí, él aportaba su coche, un Ford Fiesta amarillo destartalado ya entonces, de manera que cambiamos los billetes del tren por dinero y arrancamos. Para mí conducir por las hitchcockianas carreteras de la Costa Azul, saliendo de Niza muy de mañana, ya habría valido la pena el viaje pero al internarnos en Italia nos dimos cuenta del gran error que habíamos cometido aceptando ir en coche en lugar de en tren como era nuestro plan inicial. Los peajes de las autopistas y la gasolina se llevaron más de la mitad de nuestro montante porque hasta el aire que respiramos nos lo cobraron. De manera que así llegamos a Venecia los tres, jovenes, guapos (sobre todo ellos dos), alegres y casi sin dinero.
Era una semana antes de la Semana Santa de manera que Venecia era lo más parecido a Logroño que he visto nunca, sin turistas, desierto, a nuestro alcance. La primera noche nos metimos en un hotel estupendo, compartiendo los tres una habitación que tenía un baño con una gran bañera con patas de león, de manera que aprovechamos y nos bañamos lánguidamente por turnos, fumamos unos porros, nos bebimos la botella de Dyc que llevabamos y dimos el paseo ritual hasta San Marcos. A la mañana siguiente pagamos el hotel, cogimos nuestro equipaje y lo dejamos en la consigna de la Estación de trenes. Allí descubrimos que había algo que todavía hoy estoy por ver en España, un albergue diurno, en el que por una cantidad mínima, tenías una ducha, jabón, toallas limpias y una consigna.
Nos echamos a recorrer la ciudad. Hmmmm. A descubrirla. La Academia con sus pinturas de Giorgone, el museo más coqueto que he visto nunca, paseamos los canales, descubrimos por las placas en las calles la historia de su guerra con Austria, y descubrimos los gatos de Venecia, paradójicos, aquí más que en ningún sitio si lo piensas bien, pero que como todos los gatos, aunque no les guste el agua sí les gusta el pescado, oscuros, grandes como tigres, dueños de los callejones. También descubrimos que había un barrio que se llamaba La Giudecca, que a partir de ese momento sus tabernas y su calles serían nuestro refugio. Comimos pizza, tomamos espressos a manta y grappa otro tanto y cuando llegó la hora de dormir ya habíamos decidido que dormiríamos, a menos que surgiera algo mejor, en la estación. Y aquí vino el descubrimiento más importante del día, que lo mismo que pensamos nosotros ya lo había pensado mucha gente antes, y desde hacía mucho tiempo.
En el suelo de mármol del frío vestíbulo ya se amontonaban muchos turistas sin dinero, como nosotros, mochileros canadienses y otros especímenes viajeros. Para calentarnos decidimos aguantar todo lo que pudieramos en la sala de espera que por la tarde habíamos vislumbrado como un refugio, cerrada, acristalada, calentita. Entramos y encontramos algo en lo que hasta entonces ni siquiera habíamos pensado: los mendigos de Venecia.
¿Puede haber algo más duro que ser mendigo en Venecia? Seguramente no, la belleza de la ciudad lo hace impensable y la dureza de su intemperie lo hace inconcebible. Pero los hay y esa noche lo estábamos comprobando. Apañados los tres con una botella de grappa y tabaco, nos pusimos a contemplar atónitos el panorama desde un rincón, pero entre mendigos no es posible el anonimato, no puedes quedarte en un rincón, y nosotros eramos poco más que ellos. Comenzamos cruzando miradas, después sonrisas, y ya más tarde los gestos internacionales, de sueño, frío, resignación...
Había uno que especialmente no paraba de moverse, parecía muy grillado y los demás se lo quitaban de encima, hartos de él, de manera que acabó sentándose en nuestro banco. Era la suciedad misma, y su ropa, su ser, despedía un fuerte olor acre que me duró días dentro de la nariz. Su cara estaba arrasada por la edad y el frío y sólo sus ojillos acuosos parecían no estar curtidos como una maleta vieja. Habló, pero no podía hablar, su garganta quemada por la grapa solo emitía gruñidos, pero sabía lo que quería ¿fuego? ¿no? ¿un cigarro? ¿tampoco? mientras daba golpes con su manga roñosa en mi brazo, articulando sonidos guturales. Entonces ví que, en su mano oscura, sucísima, semioculta por los jirones de su enorme abrigo, tenía un taquete de tabaco nuevo, entero. Quería que se lo abriera. Los temblores que tenía le impedían siquiera hacer la sencilla maniobra de rasgar el celofan con la tirita. Lo cogí se lo abrí y se lo entregué. No estaba satisfecho. Mmnnn gmmn. Me volvía a hacer señas hacia el paquete de tabaco que seguía en mi mano. Quería que le sacara un cigarro y se lo diera. Eso hice y entonces, mnnn ggmmnn, pidió fuego. Le acerqué el mechero encendido y tuve que sujetar la punta de su cigarro para que atinara, sus manos se acercaron a las mías para hacer campana y esto dificultó todavía más la operación, sus temblores se trasmitían a todo el conjunto y así estuvimos en contacto medio minuto hasta que por fin, satisfecho, exhaló una bocanada y se echó hacia atrás en el banco. Ahhhh... Nos hicimos amigos y mantuvimos una larga conversación de gruñidos molestando a los demás que intentaban dormir y le insultaban
No volvimos a entrar en la sala de espera ninguna noche más, dormimos cuatro días en el suelo de la estación, sin sacos ni mantas, arrebujados unos contra otros. Los carabinieri nos despertaban amablemente con pataditas en los pies por la mañana (aunque eso es otra historia). Por la mañana nos duchábamos en el albergue, y seguíamos paseando y tomando espressos y grappa y comiendo pizza... aunque cada cierto tiempo nos acordábamos de él...
¿Puede haber algo más duro que ser un vagabundo en Venecia?
.

 



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