21 noviembre 2007



hay tantas maneras de morir y sin embargo tan pocas posibilidades de pervivir en la memoria de los que quedan atrás en este valle de lágrimas! Un hombre que lo ha conseguido ha sido Agustí Centelles. Seguir vivo en la memoria emocionada de quienes contemplamos sus fotos hoy en día con el mismo arrobo y emoción que si estuvieran recién impresas, oliéndo aún a tinta, en el periódico La Vanguardia de Barcelona.
Centelles es protagonista inequívoco de la llamada generación Leica, (con Robert Capa y Cartier Bresson) una cámara que dió una enorme versatilidad a los fotógrafos que se movían a pie de calle precisamente en los momentos más convulsos de la historia europea y por ende una herramienta imprescindible para los primeros reporteros de guerra tal como los entendemos hoy en día, que se forjaron en la primera guerra moderna, ensayo para tantas atrocidades posteriores: la Guerra Civil Española.
Ahora en Madrid, en el Cuartel del Conde Duque, podemos ver una extensa antológica de la obra de Agustí Centelles que me gustaría recomendaros a todos, por su alto valor testimonial y por la extraordinaria viveza de sus instantáneas. Unas imágenes cuyos negativos, que recién se recuperaron en 1976, permanecieron escondidos dentro de una maleta, en un desván de Carcassone, durante más de treinta años, esperando a que pudieran ser vistas ya que, y hasta el final de la dictadura, Centelles temió por la persecución política a la que podían estar sometidos quienes aparecían en dichas imagenes.
Los mítines del Frente Popular, el apogeo de la autonomía catalana durante la República, los primeros instantes tras el Golpe de Estado y ya después la guerra, las barricadas, los bombardeos, el frente de Aragón continuación de la 'liberación' de Cataluña, el entierro de Durruti en Barcelona, y después el camino a pie hasta la frontera con Francia, ya no como un corresponsal de guerra sino como un exiliado más, su internamiento en un campo de concentración y su posterior liberación, todo, todo, documentado con la sensibilidad y el ojo exquisito, único de un hombre que superó el que el régimen de la dictadura le impidiera trabajar como reportero nunca más y que acabó sus días de fotógrafo industrial, aunque ya con el reconocimiento del Premio Nacional de Fotografía, otorgado por sus imágenes de la guerra justo un año antes de su muerte, en 1985.
Ver esta exposición es traerte al día de hoy el nudo en la garganta de un tiempo salvaje y sentir en la piel de sus fotos el olor de una guerra en primera persona. Una visita imprescindible.

 



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