24 octubre 2007




voy en el Metro. Siempre que voy en el Metro procuro llevar un libro para leer a ratos y otras veces para ocultarme tras él. Llevar un libro es una forma fácil de escudriñar, mirar, observar, vigilar, a la gente y sus actitudes. Me fijo mucho en los zapatos. En los peinados. En las formas de estar. Intento adivinar los oficios, las procedencias, las formas de pensar de mis compañeros enlatados. El color y la textura de la piel de las mujeres. Las miradas cruzadas de los hombres. Cómo se miran unos a otros. Cómo nos miramos todos. Unos a otros sin mediar palabra. A veces en los reflejos de las ventanillas negras a lo largo de los túneles. O cuando se abren las puertas las danzas al entrar o al salir. Las madres en su intimidad con sus hijos. Las parejitas. Los turistas con su plano desplegado, mirando para arriba. Los que vienen de fiesta. Los que se acaban de levantar para trabajar. Los que cargan con maletas. Los cansados. Los que se duermen. Los que sonríen. Los que están tristes. Los que son desgraciados.
Hoy se ha sentado muy cerca de mí un chico de edad indeterminada entre los 24 y los 31, un poco desaliñado, pelo largo, mirada ausente, sin afeitar y oyendo música con unos cascos. Llevaba en sus manos un Cubo de Rubik, muy usado, las pegatinas cuadradas con los colores en cada una de sus facetas casi deshechas por el uso. Lo giraba con desgana sin mirarlo. Distrajo la atención de mi lectura el clik, clik, clik del girar de las piezas. Yo lo veía con más comodidad en el reflejo de la ventana frente a mi. Pensé un colgadillo más y seguí leyendo, pero de pronto el clik, clik, clik cesó. Levanté mi vista hacia el reflejo y el chaval consultó su reloj de pulsera y con toda su atención ya puesta sobre el juguete comenzó a girarlo a gran velocidad con los movimientos típicos de girar, comprobar, mover, clik, clik, clik, girar, comprobar, mover, clik, clik, clik, a una velocidad pasmosa. En quince segundos tuvo la cara de blancos completamente hecha, comprobó, dió dos, tres giros, tuvo que deshacer durante un instante la cara que ya tenía completada, movió, clik, clik, clik, giró, volvió a comprobar y de pronto tenía el cubo completamente hecho, en todos sus colores, quizás en menos de veinticinco segundos. Comprobó su reloj de pulsera nuevamente al terminarlo y lo observó dandole la vuelta con las dos manos en todo su contorno para después guardarlo en el bolsillo de su chamarra un poco sucia.
Entonces comprendí : Cuando yo lo había mirado la primera vez, no es que estuviera tonteando con el cubo. Lo estaba deshaciendo sin mirarlo, azarosamente, para volver a hacerlo otra vez. Una vez más. Seguramente cada vez más rápido. Seguramente cada vez más inconsciente. Seguramente cada vez más hipnótico.
Llegó a su estación y se bajó del vagón perdiéndose entre la multitud. Un hombre hábil. Un prodigio de discernimiento. De estrategia. De control.
Finalmente otro ser anónimo, en la ciudad, como yo...

 



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