07 octubre 2007



qué distintas las medidas del tiempo, los formatos de vida, según dónde nos haya tocado nacer, o vivir en el caso de los imponderables; pero qué diferentes también según las elecciones personales, como cambios de país, de ciudad o de creencias. Muchas veces, visitando una pequeña aldea de pescadores o, cuando caminando por el campo, veo una casa a lo lejos, en la cima de un monte, pienso en qué diferentes vidas, que abismales diferencias entre el día a día de ellos y el mío. No creo que mi vida sea precisamente apasionante no obstante aquí tengo la certeza de que con salir a la calle me sumerjo en el anonimato más feroz, en la espiral de una ciudad circular en constante movimiento. En la esquina ya no conozco a nadie y nadie me conoce a mi. Qué distinto de los pueblos donde la gente todavía se saluda por la calle y se conocen los entresijos familiares al dedillo.
La gente que vive así, que queda atrás en el calendario una vez has cogido la carretera de vuelta y te has alejado de ellas y con la que en algún instante has compartido su cotidianeidad. ¿Qué nos une? ¿Qué nos hace envidiar siempre algo del otro? Yo de ellos la tranquilidad, los paisajes y el sosiego y ellos de mí la vida urbanícola llena de ofertas y supuestas opciones que ofrece la metrópoli, en la que se pueden realizar trabajos inverosímiles o vivir de forma impensable en otros lugares más pequeños. ¿Vivimos acaso en el mismo mundo, siquiera la misma vida? ¿Donde estará ahora? ¿Qué estará pensando? ¿Con qué ocupa esta hora que en mi tiempo es estar aquí escribiendo? Como si de planetas distintos se tratase nos diferencian el ritmo, las ocasiones, las posibilidades, incluso el tipo de relación que establecemos con nuestro prójimo.
Llevo conmigo permanentemente a mi persona, no me puedo desprender de mi mismidad, ignoro las posibilidades que tendría en otro entorno y casi no me puedo imaginar en otro paisaje que no es el mío. Sorteando todos estos prejuicios he intentado a veces imaginarme viviendo en otro lugar, conviviendo con otros acentos, comprando otros alimentos, respirando otro aire y me he sentido, verdaderamente, capaz de integrarme en otros espacios; he llegado a visualizarme con otro tipo de conocidos, estableciendo otras relaciones, en otros paisajes pero, y volviendo a mis prejuicios, creo que allí donde fuera sería yo. Sería el raro, el huraño, el díscolo, el contestón. No creo que mi vieja piel se cambiara por otra sólo por la mímesis con otro entorno. Estoy demasiado hecho. Demasiado curtido. Ya soy demasiado lagarto a estas alturas para volverme camaleón.

 



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