23 septiembre 2007


una amiga trabaja en la producción de una obra que se representa en un importante teatro de Madrid y me consigue dos invitaciones para ayer, el día de La Cosa En Blanco. Ya voy avisado, ese día es gratis hasta completar el aforo, aunque va a haber una fila de asientos reservados. Voy a vivir la experiencia de ver una función con gente que seguramente casi nunca va al teatro. Las rarezas empiezan desde el principio: Llego media hora antes y el teatro ya está lleno, con todo el mundo sentado en sus butacas. Nos juntan en un grupo a todos los que vamos a ocupar la fila reservada para que no nos linchen, dicen, exagerando un poco, los responsables de sala. El ambiente es de día de mercado. Gente con bolsas de plástico, que miran la sala rococó como si de un museo se tratara, niños pequeños, grupos de jóvenes que hablan por teléfono hasta un minuto antes de comenzar la representación, señoras que comentan en voz muy alta tonterías sin cuento aprovechando que les ha tocado un palco y se les ve y se les oye. Comienza la representación y le digo a saskinaski, Te apuesto lo que quieras a que van a empezar a sonar teléfonos móviles y efectivamente no me equivoco, aún a pesar de que han puesto la grabación habitual de apagen sus teléfonos y desconecten las alarmas de sus relojes, cuando llevamos cinco minutos a la señora de delante le suena el teléfono y no sabe apagarlo, el teléfono suena y suena, su marido le sugiere que salga y eso hace, se levanta con gran ruido de las bolsas de plástico que tiene a sus pies y traviesa todo el pasillo acunándonos con su bella melodía. Pasan los minutos y la señora, obviamente, no vuelve. No sabe que una vez empezada la representación no se puede entrar en la sala, de manera que moviendose ostentosamente en el asiento, girándose hacia la puerta cada cierto tiempo, el señor marido espera que su señora vuelva (como cuando sentados ante el video, en el salón de casa, ella va a la cocina). Me imagino la cara de ella cuando le dijera el acomodador que no podía volver a entrar, el pánico en sus ojos, sus pero, pero, ¡mi marido está dentro! A todo esto el concierto de toses corre paralelo al trascurso de la representación. La gente tose y tose, y tose con ganas, con fuerza, con alegría. ¡No saben que al teatro hay que venir tosido! Hay momentos en los que no se oye a los actores en medio de la polifonía organizada por el público. El marido, por fin, se levanta con energía, con gran ruido de bolsas de plástico a buscar a su mujer (Iría pensando Donde se habrá metido esta tonta...) Sin saber, el tonto, que él tampoco volverá a entrar. Al cabo de un rato un joven avispado de la fila de atrás que, en lugar de quitar el sonido de su teléfono lo ha dejado en vibrador, nos deleita con un largo fraseo de bzzzz, bzzzz, bzzzz, hasta que encuentra el fucking teléfono, no sin antes mirar quién le está llamando, iluminando toda la fila con la luz de la pantalla. En toda obra para adultos que se precie se utiliza un lenguaje para adultos, de manera que todos los cojones, hostias, culo, joder u otras expresiones vienen acompañadas por alegres explosiones de risa del respetable que no puede contenerse, como cuando iban al cole y al profe se le escapa alguna expresión coloquial. Las risas son desproporcionadas porque el respetable nunca las ha oido sobre un escenario y si las ha oido es en lo de Lina Morgan, en el Teatro La Latina, donde, precisamente, se espera que la gente se ría con ellas. La obra es aburrida, un dramón, se dilata innecesariamente y, lo que es peor, no consigue el climax trágico que parecen querer transmitir. Lo mejor de todo, tal como imaginaba, al final, los aplausos. El público, contenido hasta entonces, al fin puede decir aquí estoy yo, y premia a los actores, como si en un programa de la tele estuviéramos, con una tanda larguísima de aplausos, desorbitados, exagerados, con bravos, bravos, y gente de pié durante varios minutos, ante lo cual los actores, al salir a saludar, se miraban desconcertados, cuando ni lo que vimos ni lo que oímos era para tanto, ni seguramente ellos estarían en su mejor día, visto el ambiente.
Salgo al vestíbulo y oigo comentar a una pareja
-¡Vaya tostón!
-Bueno, total...¡Para lo que nos ha costado!
.

 



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