07 septiembre 2007


Cuando alguien me dice que no entiende los motivos que me llevan a apreciar a unos o a renegar de otros es que no me conocen. O que no conocen las más elementales leyes de la química. Uno de los factores fundamentales de establecer una buena química entre dos personas, hecho este que se puede traducir como amor, deseo, atracción o amistad, es el olor. Está demostrado que nuestro inconsciente actúa y reacciona a partir de tan básico sentido de modo determinante. No es el olor corporal aparente, no es la limpieza, no es el olor de la ropa o el olor de lo que ha comido, ni tan siquiera son los afeites con los que la gente se suplementa. No. Es el olor de cómo entienden la vida.

Igual que los mamíferos cuadrúmanos, dominados esencialmente por el instinto, mi olfato detecta las pasiones básicas y hace que todo mi cuerpo, y especialmente mi cerebro, reaccione territorialmente, al miedo, la perversión, la inseguridad, la soberbia, con las acciones contrapuestas necesarias para sobrevivir a una agresión.

Cómo alguien con su sola presencia puede provocar mi irritabilidad. Cómo un gesto sin palabras que ni siquiera está dirigido a mí me puede hacer odiar a alguien que tengo enfrente. Cómo sin embargo en otros cualquier falta es permitida e incluso actitudes repulsivas son justificadas y argumentadas con vehemencia cuando a otros ni siquiera les concedo el derecho a la vida solamente se explica por la recepción que unos u otros individuos tienen en mi sentido olfativo.

Reconozco al cruel, al agresivo, al pusilánime, al morboso, al retorcido, al traidor con solo tenerlo frente a mi durante cinco segundos. Recibo de mi laboratorio orgánico el análisis olfativo que envía a mi cuerpo una orden de alerta inconfundible. El resto de mis sentidos se ponen en marcha para argumentar el alejamiento urgente de la presencia indeseable o su destrucción por la vía dialéctica, intelectual, ética o moral. Todas estas tesis argumentales que se elevan para explicar la no aceptación de unos -o la incondicional entrega a otros- no son más que subterfugios para ocultar la verdadera razón subconsciente: no soporto su olor -o me encanta cómo huele-.

En general las reacciones son mutuas y preestablecidas por un código olfativo selectivo. Los individuos que no se toleran suelen estar completamente de acuerdo en su opinión del otro. Esto, sospecho, es debido a que la no aceptación de uno genera un olor que al otro le resulta de todo punto inaceptable. La sabia madre naturaleza nos reúne en grupos de olores similares o afines en contra de otros grupos de distinta filiación olorosa.

Pienso que las maneras de entender la vida generan olores. Que las actitudes generan olores. Que las ideas generan olores.

Esto explicaría que dos personas que se atraen puedan, de pronto, por un cambio de actitud de uno, verse impelidas a rechazarse sin contemplaciones, llenos de argumentos del consciente, necesarios para explicarse con palabras, imprescindibles para teorizar, cuando en realidad el hecho químico es que uno de ellos ha cambiado de ideas, por tanto ha cambiado de olor.

Los fallos en este fino entramado olfativo se dan cuando una persona que se ve atraída por otra es rechazada de plano. Gentes que desean a quienes no les desean, que quieren ser amigos de quienes no les aceptan. Esto es debido a la interferencia de los otros sentidos. Errores de la percepción producidos por el sentido de la vista, especialmente. Las atracciones intelectuales suelen ser más complejas ya que puede uno comulgar con alguien que le repele físicamente, pero en estos casos casi siempre es debido a que las atracciones intelectuales no necesariamente tienen que pasar por el conocimiento personal.

Hace poco he vivido una situación de esta índole, pero a la inversa, que me dejó absolutamente desconcertado. Debido a un asunto de trabajo tuve que mantener una reunión personal con un director de teatro del que abomino cómo creador. Nada me interesa en él. Ni su forma de dirigir, ni sus planteamientos, ni su ideología. He visto varios de sus trabajos y me han parecido obsoletos, aburridos y mal dirigidos. Esto hacía que cuando veía su cara, en los medios de comunicación o en reuniones multitudinarias, siempre de lejos, es decir dentro de una proximidad relativa, y le veía moverse o hablar me resultaba una persona incómoda, repulsiva incluso. El día que me dirigía a la reunión personal que había de mantener con él iba literalmente a rastras, desganado y sin motivación. Pensando que era una pérdida de tiempo y sintiendo surcado mi espinazo por un permanente escalofrío de rechazo. A priori iba predispuesto a un fracaso en el centro de la diana.

Cuando ya por fin sentados frente a frente, a menos de un metro de distancia, con apenas una mesa entre él y yo, la conversación comenzó a fluir de un modo fácil y natural, la coincidencia de opiniones que se dio en nuestro diálogo, la amabilidad mutua que fue fluyendo; su mirada directa se cruzó muchas veces con la mía y esto nos afirmaba en la comodidad en la que nos encontrábamos ambos, sumado al entusiasmo que manifestó por mis trabajos, nos hizo ir saliéndonos del tema central de la reunión y comenzar a hablar de otras cosas, lecturas y conocidos comunes, la política, el estado de la cultura actual, viajes, aficiones y gustos.

Lo que se suponía una reunión formal de media hora escasa, con la sensación de obligatoriedad por ambas partes, acabó siendo una agradable charla de más de dos horas que no concluyó con ningún resultado tangible, al menos para mí, y sin embargo significó la certeza de que me encontraba ante una persona amable, cordial, interesante, abierta y receptiva. Nuestros olores habían entrado en contacto y se había producido una reacción, tanto en la emisión como en la recepción, en la química primordial; la de pertenecer a un grupo olfativo afín, manifestando la percepción mutua de un olor codificado como muy aceptable y reaccionando ante ello con todas las manifestaciones exteriores, conexión intelectual, simpatía, comodidad en la comunicación, dignas de un acontecimiento de esta relevancia.

Si lo tradujéramos al lenguaje coloquial se diría que nos caímos bien.

Si no hubiésemos traspasado la distancia de esos metros que hasta entonces nos separaban jamás lo habríamos descubierto.

 



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