17 septiembre 2007


cotillear, despellejar, rumorear, chafardear... ¿hay algo mejor en la vida cuando los viejos amigos se reencuentran? Ponerse al día, hablar de otros, de los ausentes, de los que ya no están en nuestras vidas o al menos en la misma habitación.

Estos días fuera de Madrid me han proporcionado interesantes y suculentas historias y anécdotas de sofá de los que ya no están en nuestras vidas o al menos en la misma habitación. Cuando ya saturados de darle vueltas a las historias de Romeo y sus Julietas y de ver los pros y los contras y las diferentes visiones de cada uno de los contertulios alguien dice Bueno, y ahora ¿de quién hablamos? entonces aparece siempre un nuevo dato, una nueva vuelta de tuerca sobre una historia inacabada, unas vidas en proceso, unos amores incumplidos, o alguna nueva argucia, hasta entonces inédita, para medrar, de alguno de nuestros conocidos. Repasada la mafia cultural por los cuatro costados, los avatares políticos del rico del pueblo o los dimes y diretes de tal o cual se destila de pronto una que surge, brillante, como una perla cultivada de alto valor anecdótico.

Esta:
Uno, de cuyo nombre no quiero acordarme, con infulas de artista relativamente conocido liga con una rubia que debió de ser despampanante, y se van a pasar un fin de semana romántico a un lugar con encanto, con mucho encanto diría yo. Días de pasión desatada en los que, en las efusiones amorosas propias del momento, ella siente que ha encontrado al amor de su vida y lo rezuma, más que trasmite, por todos los poros. Son a todas luces los típicos tortolitos que vistos desde fuera tanta envidia nos suelen dar.

En el cenit de las turbulencias sensuales de ese fin de semana, a la vuelta de un paseo, él, de pronto, suelto y seductor, le dice a ella, guapa y provocativa, No estés tan cariñosa que acabo de ver en el hall del hotel a unos que me conocen. Ella, que no entiende el reparo que pueda tener él de gritar a los cuatro vientos este amor que la embarga y que no se concibe otro igual en el mundo, le pregunta, inquisitivamente, ¿Por qué? a lo que él, tan suelto como antes y más seductor que nunca le responde sencillamente,

-Porque son amigos de mi mujer...


-Pero, pero... ¡¡¡No sabía que estabas casado!!!

-¿Cómo que no lo sabías? Yo creía que lo habías leído en mi página web...

.

 



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