22 julio 2007


me siento a escribir -¡qué fatuo resulta así dicho!- una vez más con la sensación de que el tren que arranca, al que te acabas de subir al vuelo, sin billete, más naúfrago que polizón, no lleva ningún destino. Pasan por mi cabeza decenas de ideas que no podría llamar precisamente fijas. Cazo al vuelo algunas inspiraciones y otras se van, se eclipsan con el alba. Venía seguro y confiado a sentarme al teclado pero me he distraido. La pantallita me ha succionado como si de una televisión se tratara. He vuelto al ser pasivo mirando la crónica de la muerte de Polanco en la página web de El País. Las fotos. Los panegíricos. La sorpresa que vino a mi al enterarme esta mañana de la noticia (¡¿donde estaría yo anoche?!) ¡Pero si yo siempre pensé que ese hombre era inmortal! se me escapó en voz alta al ver el titular en un diario que leía un vendedor aburrido de El Rastro esta mañana temprano. Yo si alguna vez hubiera soñado con ser Polanco habría simulado esta muerte y me habría retirado a una islita, que previamente habría comprado, blindado y acondicionado con mano de obra barata, en Nueva Zelanda, sin ir más lejos. Cómo es posible que alguien con tantísimo dinero (su familia todavía controla el 64% del grupo editorial... caracoles, nene! eso sí que es una barbaridá) vaya a morir como un albañil o un pocero. De un día para otro. De una enfermedad convencional. Polancamente, no me cabe en la cabeza. Yo por mi parte he de estar eternamente agradecido al que indirectísimamente ha pagado los alquileres de mis últimas casas, mi último coche, mis vacaciones en Roma en el año 97 y no sé, muchas cosas más, por no mencionar entradas al cine, toxinas varias, naranjas para zumo o raciones de queso manchego en El Palentino y tostadas con anchoas en Bodegas Rivas durante muchos años.
Pero no puedo estar agradecido al hecho de que esta tarde su muerte me haya despistado de esta manera de las profundas reflexiones que traía fresquitas para mis contertulios.
Así es que voy a hablar de algo inconsistente y esto es que he leído, al fin, Tokio Blues (Norwegian Wood, en su título original y que debió de parecer tonto o intraducible a los señores editores de libros en español para este ancho país castellano que se alimenta de las letras impresas y editadas en el país vecino, o sea Cataluña). Por lo que se ve a todos los comentaristas o críticos que he leído escribir sobre ese libro se le han pasado por alto dos pequeños detalles que paso a comentar.
En este hermoso y sugerente libro de crecimiento adolescente, casi plagio de El Guardián entre el Centeno, de Salinger, y a la vez lleno de demasiados homenajes a La Montaña Mágica, de Thomas Mann, tanto es así que el mismo autor no puede evitar reseñar dichos libros en las propias páginas de su historia de amor, sexo y fantasía, que, dicho sea de paso, no tiene nada de la reflexión o profundidad que uno espera encontrar en un autor japonés, hay DOS ANACRONISMOS FLAGRANTES que incomodan profundamente a este maniático, y muy especialmente porque pienso que Murakami, el escritor los ha puesto claramente a propósito, y con alevosía, para situar la escritura de su libro, que transcurre en los años 60, en la época actual. Como si supusiera que dentro de treinta siglos alguien iba a encontrar, dentro de un arcón blindado, en el fondo de una tumba imperial, un ejemplar de su libro y en una lectura minuciosa descubriera que ajajá!, no habia sido escrito en la época que narra, sino a principios del siglo xxi. Fatuo gesto donde los haya. Similar al del restaurador que puso un astronauta en un capitel de la Catedral de Valladolid, por citar un ejemplo de tontería universal y eterna.
Dichas dos anacronías son, a saber, que en el transcurso del año 1968, el protagonista, en su habitación del colegio mayor donde vive, un día que está melancólico, se pone a escuchar "un CD de Miles Davis" concretamente A Kind of Blue. ¿Un CD? ¿en 1968? ¡Venga ya!.
La segunda es que parafraseando, homenajeando, la película Amelie, al año siguiente, o sea en 1969, juega con una de sus amigas a 'lo que más me gusta, lo que menos me gusta' y una de las cosas que menciona que no le gustan son "las fundas de los teléfonos móviles" ¿los teléfonos móviles? pero, alma de cántaro, si los teléfonos móviles (por lo menos a los que se les pueda poner una funda) no aparecen... ¡hasta mediados de los años 90!
No sé que pensareis vosotros pero a mi me parece una tomadura de pelo, aunque tiene un antecedente egregio, sin duda, en El Señor de los Anillos, de JRR Tolkien, quién dice, en una de las primeras páginas de la trilogía, (que, no olvidemos, narra unos tiempos antiguos donde aún convivían distintas especies del género humano), la más celebérrima frase anacrónica de la literatura actual:
Frodo entró como una locomotora...

 



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