Y entonces un día, como si de repente la carne se hubiera deshecho y la sangre bajo la piel se hubiera aglutinado con el aire, de repente el mundo entero ruge nuevamente y el propio esqueleto se derrite como cera. Quizás en ese día será cuando encuentres por primera vez a Dostoievski. Recuerdas el olor del mantel en que reposa tu libro; miras al reloj y solo quedan cinco minutos para la eternidad; cuentas los objetos en la repisa de la chimenea, porque el sonido de los números es un sonido totalmente nuevo en tu boca, porque todo lo nuevo y lo viejo, lo tomado y lo dejado, es un fuego y un hipnotismo. Ahora cada puerta de la jaula está abierta, y cualquier dirección que tomes es una linea recta sobre la que rugen las oleadas y las grandes rocas de mármol y de índigo descienden para poner sus febriles huevos.
Primavera Negra Henry Miller (1936)
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