05 junio 2007


nadie lo sabe todavía pero voy a vender una gran parte de mis libros. No se lo he dicho a los amigos porque van a empezar a lamentarse y a echar de menos este o aquél libro de arte o un catálogo de Francis Bacon de la Fundación Juan March de 1978, inencontrable ya. O simplemente aconsejarme que no lo haga. ¿Cual es el asunto? A lo largo de mi vida he regalado y me he deshecho de, seguramente, cientos de libros, pero siempre que ha sido regalarlos a los amigos me ha acabado costado tiempo y dinero a mi, o que las dichosas cajas con libros para regalar hayan seguido durante meses en un rincón de mi casa. Si ha sido ir a los libreros de viejo, ha sido un peregrinaje con bolsas y cajas, de los que he acabado sudando y aburrido. Ahora ya no va a ser así. He quedado con un librero que tiene una preciosa librería cerca de Huertas y un puesto en la Cuesta de Moyano, del que me fío, de esos que todavía quedan que aman los libros, que saben lo que vale y lo que no, sin engañifas. Vendrá el jueves por la tarde a mi casa, de manera que ya estoy de mudanza, prácticamente, ya que son unos doscientos cincuenta libros de literatura y unos ciento cincuenta álbumes y catálogos de arte y eso significa, en mi mini-casa, en mi cápsula, como la llamo yo, un auténtico movimiento de masas.

¿Que por qué los vendo? ¿Que por qué me quiero deshacer de lo que ha sido mi mayor inversión económica a lo largo de los últimos años?
En primer lugar, es evidente : Por dinero. Necesito pasta.
En segundo lugar y no menos importante, para liberarme de un peso. Emocional y físico. Ya se que una casa llena de libros resulta muy sexy. Que viste de un barniz de improbable cultura o erudición a su afortunado poseedor, que hace que centelleen ojos envidiosos acariciando con la mirada sus lomos usados y agrietados, porque, señoras y señores, a la habitual pregunta de ¿y los has leído todos? tengo que contestar con enormísima modestia que sí, que casi todos, y más, de hecho la mayoría de libros que me han marcado la existencia me fueron prestados por almas caritativas que contribuyeron a mi desasnamiento progresivo.
En tercer lugar por una cuestión ideológica : la manía de Marcel Duchamp de no tener libros, de no poseer más que cuatro o cinco libros, que nunca eran los mismos, para mi siempre fue motivo de admiración. Ligereza, movilidad, desprendimiento son las palabras adecuadas. Ya lo decía yo mismo hace unos días en este blog, en una cita del músico, artista y cantante Martín Buscaglia... Sigan los consejos de la lagartija, que todo lo que tengas quepa en tu valija...

Ahora la anécdota. Una de las cosas que he debido de hacer es mirarlos uno por uno para extraer de ellos todas las servilletas y tickets de bares, billetes de metro y de autobús, señaladores, papelitos incongruentes, entradas de cine, notas de amor, teléfonos apresurados, que llenan siempre las páginas de mis libros... así han surgido de páginas amarillentas estas joyitas que me apresuro a scannear...


las dos fotos, olvidadas hasta ahora, son de C., mi noviecita del Instituto, la en blanco y negro está fechada en 1977, la en color no tiene fecha pero debe de ser del año siguiente. Supongo que treinta años después no le molestará, esté donde esté, que salgan un poco al aire sus bonitas tetas en medio del campo. En realidad debería alegrarle verse tan hermosa y lozana, con esa mirada de fuego que tenía y que seguramente conservará. En la entrada del cine Peñalver, por detrás, está escrito con mi letra La Raulito, el año no se lee muy bien, alguien se acordará cuando la estrenaron. Los bono-bus, una reliquia arqueológica para mis lectores más jóvenes, son de años distintos (cambiaban de color cada año) y no aparece registrado, pero uno costó 160 pesetas y el otro 210 pesetas. Los billetes de metro son del año 1984 y 85...

una parte de mi vida, estos papeles, que ha rezumado de esta otra parte de mi vida, mis libros, que inicia un nuevo camino hacia el futuro de nuevas e ilusionadas manos y miradas, todo ese bagaje de historias inventadas o no, que guardan cerradas entre sus tapas emociones sin límite, ficciones sin cuento, desproporcionados mundos o planetas lejanos que ahora van silenciosos a encontrarse, dispersándose por casas y estanterías ignotas para mi, con nuevos lectores sorprendidos, ávidos, silenciosos, siguiendo ambos, mis libros y yo, el curso de una vida que nos hizo hacernos mayores, que nos va haciendo viejos y que sobre todo nos trasforma cada día.

carpe diem!
.

 



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