23 mayo 2007


las pocas veces que he soñado contigo las sensaciones son de sueños incompletos, de acciones inacabadas, de fragmentos inconexos en los que siempre, al final, desapareces tú. Esta vez todo ocurría en una factoría similar a una fundición, con elementos arquitectónicos y ornamentales en hierro colado : el mecanismo que cerraba las grandes puertas se ocultaba en dos cocodrilos naif pintados de verde que flanqueaban la puerta que daba al campo. En la gran nave había dos grandes apartamentos con suelo de parquet, donde habíamos dormido y nos acababamos de despertar tú y yo, con muchas creaciones tuyas diseminadas por el suelo, y gente que entraba y salía. En lo que era tu estudio, en medio de tu lugar de trabajo, en un espacio circular metálico un poco cibernético, como la cabina de mando de StarTrek, había una pareja de artesanos, él medía más de dos metros y ella era pequeñita, cuando me los presentabas él me hacía un juego de manos de esos que se hacen para impresionar a los niños, allí ellos hacían zapatos infantiles que cuando estaban acabados los recogía de la mesa-taller una grua-pinza con la forma de dos avestruces gigantes forradas de fieltro gris, dignas de un diseño de Henson (el de Barriosésamo) que basculaban y se inclinaban gráciles para recoger con sus picos los zapatitos acabados y los llevaban a otra parte. De pronto aparecía por allí un cicerone trajeado que me enseñaba todo aquello como esa gente que te hace una tournee explicativa por su empresa, que yo contemplaba sin demasiado interés ya que ya empezaba a echarte de menos, salíamos a la gran nave y cuando estaba en medio de su aburrida explicación empezaba a entrar gente por el portón que daba al campo y me decía empieza a llegar gente para la reunión y efectivamente empezaban a entrar tipos encorbatados y mujeres mayores acompañadas de sus hijas, que, como cuando andan de compras por la calle Preciados, se movían erráticas y sin rumbo fijo interrumpiendome el paso, yo quería apurarme para llegar al apartamento y no estar allí en medio, que no me interesaba nada, le pedí paso a una adolescente un poco torpe que no sabía si avanzar o no y que se quejó a su madre de mis modales. Cuando llegué al apartamento-estudio estaba todo ordenado, al fondo un herrero trabajaba en otra sección que, como si fuera un fotomontaje absurdo, estaba allí en medio de tu estudio. La piel empezaba a caerseme a tiras y lo achaqué a la humedad a la que no estoy acostumbrado, tiraba de los pellejitos y salían piezas del tamaño de un pañuelo, mis brazos estaban tostados y un poco escamosos como después de haber tomado el sol un mes entero, yo estaba en calzoncillos y me daba igual. Te eché de menos otra vez, busqué mi ropa y me desperté, pero aún sigo soñando.

 



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