19 enero 2006


a veces me pongo esta canción de Joaquín Sabina. A veces porque me recuerda a tí. A veces porque me recuerda a mí. Ahora, sin embargo, la mayoría de las veces, porque me recuerda a un tiempo pasado en que una canción de Sabina, en medio de otras cien nuevas de él, me volvió a gustar.
[ Será que ahora rasca donde ya no pica ]




Lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo
en un whisky on the rocks, en vez de fingir,

o, estrellarme una copa de celos, le dio por reír.


De pronto me vi, como un perro de nadie,
ladrando, a las puertas del cielo.
Me dejó un neceser con agravios,
la miel en los labios y escarcha en el pelo.

Tenían razón mis amantes
en eso de que, antes, el malo era yo,
con una excepción: esta vez,
yo quería quererla querer y ella no.

Así que se fue, me dejó el corazón
en los huesos y yo de rodillas.
Desde el taxi, y, haciendo un exceso,
me tiró dos besos... uno por mejilla.

Y regresé a la maldición
del cajón sin su ropa,
a la perdición de los bares de copas,
a las cenicientas de saldo y esquina,
y, por esas ventas del fino La Ina,
pagando las cuentas de gente sin alma
que pierde la calma con la cocaína,
volviéndome loco, derrochando
la bolsa y la vida la fui, poco a poco,
dando por perdida.

Y eso que yo, para no agobiar con flores a María,
para no asediarla con mi antología
de sábanas frías y alcobas vacías,
para no comprarla con bisutería,
ni ser el fantoche que va, en romería,
con la cofradía del Santo Reproche,
tanto la quería,
que, tardé, en aprender
a olvidarla, diecinueve días
y quinientas noches.

Dijo hola y adiós, y, el portazo, sonó
como un signo de interrogación,
sospecho que, así,
se vengaba, a través del olvido, Cupido de mi.

No pido perdón, ¿para qué? si me va a perdonar
porque ya no le importa...
siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga
y la falda muy corta.

Me abandonó,
como se abandonan los zapatos viejos,
destrozó el cristal de mis gafas de lejos,
sacó del espejo su vivo retrato,
y, fui, tan torero, por los callejones
del juego y el vino, que, ayer, el portero,
me echó del casino de Torrelodones.
Qué pena tan grande, negaría el Santo Sacramento,
en el mismo momento que ella me lo mande.

Y eso que yo, para no agobiar con flores a María,
para no asediarla con mi antología
de sábanas frías y alcobas vacías,
para no comprarla con bisutería,
ni ser el fantoche que va, en romería,
con la cofradía del Santo Reproche,
tanto la quería,
que, tardé, en aprender
a olvidarla, diecinueve días
y quinientas noches.

Y regresé...etc.

 



maníasmías








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