02 diciembre 2005


hoy maníasmías tiene un motivo especial de alegría, la colaboración extraordinaria del escritor CARLOS CASTÁN, con un texto INÉDITO, cedido generosamente para goce de todos los maniáticos. De mi amigo Carlos ya he hablado alguna vez en este vertedero, aunque quizás sin mencionar su nombre. Tener un amigo durante más de veinte años solo ocurre cuando uno ya empieza a hacerse mayor, lo bueno de todo esto es que también se tiene la cabeza preparada para asumir que más que una amistad es un regalo de la vida. Gracias por todo, queridísimo cronopio!

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MUJERES QUE PERDONAR

Recuerdo la primera vez que escuché Suzanne como Dios manda, fue en un garito de la plaza de la Basílica llamado Topaz. Bailé esa canción con una joven suavecita y de pelo a lo garçon que se había puesto en el cuello un pañuelo de seda verde y un buen chorro de un perfume de su madre que olía a los arroyos del paraíso. Girábamos suavemente con los ojos cerrados justo cuando la canción decía "And you want to travel with her / and you want to travel blind". Se llamaba Paloma y no he vuelto a verla.

Por aquel entonces Leonard y Suzanne todavía andaban juntos, aunque ella ya tenía ese rostro como de despedida que se puede ver en la portada de Death of a ladies´man. Reconozco esa tristeza de justo antes de marcharse, cuando ya no hay vuelta atrás y todo duele, los recuerdos, las canciones, los días de Tennessee, todo lo que se quedó abandonado en la cabaña de Franklin o en los cajones, todavía más lejanos, de un legendario hotel de Nashville. He visto pocas fotos de la Suzanne Elrod de aquella época, pero me atrevería a asegurar que era la mujer más bella del mundo y que su pelo olía exactamente igual que el de aquella Paloma madrileña de mis dieciséis años, el aroma de una suavidad salvaje que se te enreda en el alma y sobrevive a todos los abandonos. Cuando el amor se ha ido, cuando ya se han apagado todas las luces de la fiesta ese perfume permanece ahí, como si alguien hubiese olvidado apagar el tocadiscos y siguiera sonando en las habitaciones vacías Your eyes are soft with sorrow / Hey, that´s no way to say goodbye.


Cuando me compré el disco y empezó a formar parte de la banda sonora de mi vida, ya mediaba el Atlántico entre aquella mujer y el soldado de la vida. Creo que todos los días he escuchado Famous blue raincoat, unas veces en el equipo de música y otras simplemente en mi cabeza, cada atardecer, matando el tiempo por los bares de mi barrio o regresando a casa con los bolsillos vacíos. Es mi canción por encima de todas las canciones del mundo, esa voz, ese anorak con gotas de lluvia, esa derrota lenta como de humo que se deshace en el aire gris. Ese disco con los grandes éxitos tenía la funda rota por los cuatro costados y estaba lleno de manchas de cerveza seca y ceniza de noches diferentes, a veces lo sacaba sólo para poner los cuatro o cinco segundos en que aparece el coro de los niños en Last year´s man, otras para intentar esconderlo en vano en el fondo de un armario quizá por echarle las culpas, injustamente, de cierta amargura que solía tenerme entonces contra las cuerdas; otras para ver la imagen de Leonard reflejándose en el espejo redondo de una habitación de hotel, puede que del Chelsea de Nueva York, puede que cerca de aquella misma ventana por la que se veían desde la cama deshecha las limusinas que esperaban a Janis Joplin, todavía viva y desnuda entre sus brazos, allá por el año setenta.


En mi vida Cohen se quedó para siempre. Ni siquiera soy capaz de escribir sobre él "desde fuera". Ha estado siempre allí, sobre todo en los peores momentos, cuando más necesitaba una música a la que poderme agarrar, un mástil de viento, un espejismo, un palacio de vapor. Le he perdonado todo, el I Ching, el maestro Roshi, los interminables salmos, su amor sobrehumano por Santa Catherine Tekakwitha, el libro entero de Los hermosos vencidos; le he perdonado los días griegos con Marianne Ihlen, a Rebecca de Mornay, los tríos con Julien Christensen y Perla Batalla cantando colgadas de su hombro, las fotos que le hizo Dominque Issermann en París, esa manera elegante de llevar un traje, la forma de calcar sombras que creía fantasmas sólo de mi alma.


Los violines eslavos de Raffi Hakopian en Field Commander Cohen tienen que ver con la forma a la que a mí se me eriza la sangre. Y Alexandra Leaving, la canción que esparce por los cielos del presente un poema que escribió Kavafis en 1911, es algo así como mi carne de gallina, voz que susurra al oído y fuegos artificiales, todo a la vez, todo como quien dice en apenas cuatro notas. Y el último álbum hasta la fecha se parece mucho a la forma en la que yo quisiera morir, como un sabio cansado rodeado de complacientes damas que me arropan cantando algo semejante a "Look at me, Leonard, look at me one last time".


Carlos Castán

marzo de 2005
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