19 noviembre 2005


Siempre me gustaron los romances tradicionales. Hace muchos años, cuando ya andaba yo oyendo a Kraftwerk o a la Yellow Magic Orchestra, se puso ante mis ojos una caja con cinco vinilos conteniendo 52 romances, gran parte del trabajo de recopilación realizado a lo largo de varias décadas por Joaquín Diaz. Lo compré sin pensarlo. Aún hoy en día, esa caja sale de la estantería de los discos y le doy un repaso a este tesoro de la memoria de España, trasmitida de forma oral a lo largo de los siglos, rodando sus letras por los caminos, desfigurandose de voz a voz, transformandose de un oido a otro, hasta nuestros días. La voz de Joaquín Díaz, sus versiones, con la austeridad de los instrumentos antiguos, son un hueco por donde me llega el pasado de Castilla envuelto en la bruma de un tiempo que imagino salvaje y brutal. Uno de mis favoritos es La Serrana de la Vera, seguramente una mitificación evolutiva de un personaje que realmente existió, y que, a mí al menos, me sugiere muchas metáforas. Este romance no se imprimió hasta el siglo XVII y llegó a ser el gérmen de una obra de Lope de Vega.


En Garganta de la Olla, legua y media de Plasencia
se pasea una serrana, blanca, rubia y halagueña.
Con la honda en la cintura y terciada su escopeta.

Cuando tiene sed de agua, se sube por la ribera;
cuando tiene sed de hombres se baja por la vereda,
pasan hombres, pasan hombres, no pasa el que ella desea.

Ha pasado un soldadito, licenciado va a su tierra,
le ha agarrado de la mano, para su cueva le lleva.
Le ha mandado hacer la lumbre con huesos y calaveras
y el soldado le pregunta: ¿De qué es esta leña seca?

-Es de un hombre como tú que he matado en esta cueva
y lo mismo haré contigo cuando la rabia me venga.
De conejos y perdices ha puesto una rica cena,
los conejos para él, las perdices para ella.

Acabados de cenar le mandó atrancar la puerta
y el soldado que no es torpe, la dejó solo entreabierta.
En cuanto la vió dormida, se echo fuera de la cueva,
legua y media lleva andada sin volverse la cabeza.

Una vez que la volvió, -ojalá no la volviera-
vió venir a la serrana, bramando como una fiera.
Una honda que traía, la cargó de una gran piedra;
con el aire que la arroja le derriba la montera.

En la encina que pegó, partida cayó por tierra:
-Vuelve, vuelve, soldadito, vuélvete por tu montera.
-Mis padres que son muy ricos me comprarán otra nueva
y si no me la compraran, me pasaría sin ella.

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maníasmías








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