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por esas cosas de la vida a las que llaman "causalidades" entrè en tu pàgina y me quedè pegada allì..leì, sonreì, "me re-encontrè" con ese Valparaìso que corre por mis venas...y ahora me despido....bien! por tus manìas.
YO
 
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26 octubre 2005


valparaiso mi amor


las ciudades de america fueron fundadas, no son el sedimento de un agrupamiento de personas en busca de seguridad o intercambio comercial, como son las de otros continentes. Casi todas fueron fundadas varias veces. Llegaban allí los conquistadores, elegían un valle, una bahía, le daban un nombre, hacían una misa, plantaban una bandera, dibujaban en un mapa su posición y se iban. Luego, si había presupuesto, se instalaba allí una guarnición y se dejaba a algunos rudos soldaditos para que los mataran los indios.

Valparaiso no fué una excepción.

Pero con el devenir del comercio del té entre Inglaterra y sus colonias orientales se hacía necesaria una primera escala de importancia en la costa del Pacífico, para antes o después de cruzar el temido Estrecho de Magallanes (cuando el canal de Panamá todavía era un sueño dibujado en los despachos reales españoles, aunque luego lo construyeran otros y se beneficiaran de él aún otros distintos). Entonces la inmensa bahía despoblada y rodeada de altas colinas (los llamados cerros de Valparaiso) empezó a transformarse en un puerto de importancia, el chauvinismo chileno dice que más importante que San Francisco. Puede ser.
En Chile, por antonomasia, Valparaiso es El Puerto.
Están Santiago, El Puerto y luego todas las demás ciudades.
Cuando te preguntan de donde eres no dices de Valparaiso, dices Soy porteño.

Yo soy porteño.

Unos años después de casados y con mi hermana pequeña mi padre consiguió un trabajo de contable en una fábrica de conservas en un poblacho pesquero al norte de Chile, en la costa del desierto de Atacama, llamado Iquique, que luego se hiciera famoso por un disco de Quilapayún, más que por lo que había ocurrido un siglo atrás. Allí, para bien o para mal, me concibieron. Ya avanzado su embarazo mis padres consideraron que lo mejor era que mi madre viajara para reunirse con su familia y dar a luz, de manera que se embarcó a recorrer en el bamboleo de un barco los más de dos mil kilómetros que hay entre Iquique y Valparaiso llevando a este que os escribe en su vientre.

semanas después estaban mi padre y mi madre, durmiendo en casa de mi tía Nena, ambos en una cama individual, conmigo entre ellos feliz flotando en mi placenta cuando decidí que ya había llegado la hora. Fueron corriendo a la clínica, había apenas unas calles de distancia, sin llevar siquiera la bolsa que tenían preparada. Cuando llegaron allí el médico le dijo a mi madre que era una falsa alarma. Ella, terca, dijo que no, que ya estaba en camino y se negó a volver a casa. Mi padre, lo imagino resignado a la decisión de mi madre-gran-carácter, volvió a casa paseando a buscar la bolsa que se habían dejado y regresó a la clínica (por cierto... la Clínica Española que está en la avenida Argentina, de Valparaiso, en Chile... ya se anunciaba que yo iba a ser un ciudadano del mundo) al llegar, como no veía a mi madre en la sala de espera, le preguntó a una enfermera que le dijo Ah! está en el quirófano... dando a luz.
Mi padre fué corriendo hacia donde le habían indicado. Nada más llegar frente al quirófano de golpe se abrieron de par en par las puertas (imagino dobles, abatibles, con una ventanita redonda) salió una enfermera (enorme, dice mi padre) que dijo en voz muy alta ¡Un hombre!

Mi padre imaginando que necesitaban la ayuda de un hombre para sujetar a mi madre o algo así se precipitó quirófano adentro a toda carrera. La enfermera (enorme) le soltó un grito ¿pero adonde va usted? a lo que mi padre compungido preguntó ¿pero no necesitaban un hombre? la enfermera riendose le contestó. ¡Noooo! ¡Que ha tenido usted un hombre!

De manera que este ciudadano español que os escribe, después de ser concebido en el desierto y recorrer dos mil kilómetros por mar para venir al mundo, estuvo a punto de nacer en medio de una calle de Valparaiso.

Un tiempo después mi madre volvió a hacer la travesia en barco de vuelta a casa con este atajo de manías que soy yo prácticamente recién nacido. Era un pequeño barco británico con muy pocos pasajeros de los que inmediatamente me transformé en la mascota. El capitán le dijo a mi madre que en Inglaterra cuando los niños nacían les hacían un ritual. El ritual era para saber si iba a tener suerte en la vida y consistía en poner en la mano del bebé dos monedas. Si las agarraba era que sí, que iba a tener suerte. Después de la cena el capitán del barco con gran ceremonia puso en mi mano dos monedas inglesas, una grande y otra pequeña. Y las aferré con fuerza.
Con tanta fuerza que no me las pudieron quitar.

Aún las conservo.

 



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