12 octubre 2005

bigcity


Bé lleva su bolsa cargada.

Cámara de fotos, i-pod, teléfono [con cámara], gafas de sol + abultada agenda + cuaderno [grueso] de apuntes + más manojo de llaves
+ parte de su memoria + además todas las cosas innecesarias absolutamente necesarias de el bolso de una mujer de-ayer-de-hoy y de-siempre, o sea su vida entera a cuestas. Ayer por la noche me ofrecí a cargar con ella un rato. Aceptó no sin antes mirarme de reojo como midiendo mi honestidad por primera vez. Una auténtica prueba. Me colgé la bolsa al hombro y eché a andar. Ah! no, así no. ¿No?. No. Tienes que llevarla pasada por el cuello. [Resistencia por mi parte] Así va bien. No, sino no te la dejo. Pero si no me la estás dejando, te la estoy llevando. No pasa nada, Bé, así va bien. Dame mi bolsa. Bueno, vale, me la paso por el cuello, la giro hasta la espalda y echo a andar. No, así tampoco. ¿No? No. No puedes llevarla a la espalda. Tienes que llevarla así como la llevo yo, pegada al cuerpo, por delante y con la mano puesta encima. Pero así es como más se nota que llevas cosas de valor. Si la llevas casual nadie se va a fijar, si la llevas con tanto remilgo es como llamas la atención. Argumenté. Así es como pareces una turista y más con tu pinta de walkiria. Dame mi bolsa. Que no, que te la llevo yo, que pesa mucho, te la llevo un rato. Dame mi bolsa. Que no te doy tu bolsa. Dame mi bolsa. Vaaaaale.


anoche · vinícola mentridana · 21:00hrs.
[con la cámara de bé]


nos acababamos de tomar unas cañas en la Mentridana a eso de las nueve de la noche con su amiga Celestina [no es un nick, se llama así] y bajabamos hacia Lavapiés, de manera que le devolví su bolsa y la pegó a su cuerpo como una lapa. Al cabo de un par de horitas decidimos que en realidad la martes_night_fever vispera de la fiesta nacional nos ha pillado muy cansados a todos y nos despedimos de Celes planeando hacer fotos a su gato Elvis [el gato de angora más grande del mundo] y de paso darle en adopción el gardenio que languidece en el patio interior nada nouvelle vague de Bé.


primeras noches otoñales, bajamos hacia mi casa paseando tranquilamente por la amplia acera del paseo de las Delicias, yo comiendome una bolsa de patatas con pereza [se lo dije al salir de la tienda hacía años que no me comía una bolsa de patatas andando por la calle], y Bé aferrada a su bolsa, hablando, sin prisas. Yo siempre voy pendiente de lo que pasa a mi alrededor, clasificando a la gente, imaginando historias, recibiendo estímulos de la presencia humana y animal en la Ciudad. Aunque vaya hablando con otro, o vaya inmerso en mis pensamientos hay una parte de mi que nunca baja la guardia. Sobre todo de noche.


una de las fichas inventadas de las personas con las que nos ibamos cruzando por la gran avenida que acababa de hacer hacía un instante era la de un par de camareros que acaban de salir de trabajar, apoyados en un portal esperando, no sé, me llamó la atención su aspecto de trabajadores después de una jornada larga, recién mojado el pelo, la cara un poco colorada, pulcramente vestidos. Dos tipos distintos de manera de vestir. Juntos. Por eso pensé compañeros de trabajo.

Unos pasos más abajo Bé y yo seguíamos distraidos en nuestra conversación languida de patatas fritas de bolsa pero mis antenas me dijeron que iba un grupo detrás de nosotros. Pasamos ante una zapatería muy antigua que tiene unos bonitos espejos y unas pantuflas caseras de franela en el escaparate y Bé me dice ¿Nos hacemos un mirror aquí? y saca su teléfono móvil. Cuando estamos mirandonos en el espejo de la tienda donde estamos buscando un encuadre para salir los dos,
veo reflejado, detrás de mi, a uno de los camareros que acaban de salir de trabajar, giro un poco la cabeza hacia el otro lado y veo a su compañero al otro lado, en una visión de ráfaga de no más de una centésimadesegundo compruebo, mientras Bé está preparando el teléfono para hacer la foto, que nos están rodeando cuatro personas. Le digo a Bé. No hagas la foto. Ella mira instintivamente a ambos lados y se da cuenta de todo. Vamos. Echamos a andar. Veinte pasos más adelante vemos que nos siguen detrás. Nos paramos en la siguente esquina. Vamos a cruzar. Espera le digo. Vamos a ver que hacen si nos quedamos aquí. Ellos también se detienen. Ahora simulando un grupo que está charlando, veo que son cuatro hombres ni jóvenes ni mayores, cada uno vestido con distinto estilo, intento captar sus características. Nos están esperando, tranquilamente. Crucemos. Seguimos bajando. Miramos hacia atrás. Han reanudado la marcha sin cambiar de acera, sin prisa. Qué hacemos?, me pregunta Bé, tendremos que echar a correr cuando lleguemos a la esquina? Espera, le digo. Aún no se que hacer. Vamos a meternos por esta calle, improvisé. Entramos en la calle anterior a la mía. Estaba casi desierta pero pasamos frente a una cafetería, a la que nunca entro, que aún estaba abierta. Entremos aquí, le dije a Bé. Entramos sin acercarnos a la barra. Ella me dijo voy a pedir un vaso de agua y yo me quedé junto a las puertas de cristal, encendí un cigarrillo, esperando. Bé se acercó hasta donde estaba yo y me dice, [ella, que se supone que es la miope_vista_cansada]. Mira, allí van. Yo no los había visto. Casi no se les distinguía en la oscuridad, andando por la acera de enfrente, alejandose calle abajo. Habian soltado a su posible presa, pero nos habían seguido hasta la misma puerta de la cafetería. Salimos inmediatamente a la calle en dirección contraria y volvimos a la avenida amplia, entrando a mi calle por el siguente cruce.

llegamos a mi casa sin volver a hablar del asunto. Bé tenía que terminar de redactar la entrevista de esta semana para el 20minutos en mi computer y yo tenía hambre. Preparé algo en la cocina y me fuí al salón. Desde ahí oía el teclear de Bé, trabajando. Sentado en mi sofá, tomando una sopa de arroz, mientras leía el principio de una novela y escuchabamos La consagración de la primavera de Stravinsky, de pronto me detuve y pensé.


ahora mismo

hay alguien

en esta ciudad

aquí cerca, muy cerca


que está asustado

 



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