10 septiembre 2005


si de verdad existe un sexto sentido pienso que está alojado en el mundo de los sueños. Llevo algún tiempo escribiendo este texto en mi cabeza, dormido o despierto, pero hasta ahora no lo he podido confesar en negro sobre blanco:

...en ocasiones sueño que escribo posts.

Sueño que escribo, o que estoy editando un texto, cambiando comas o puntos y aparte, que recibo comments, que los contesto, casi siempre en un estado de inquietud ebria, la de querer despertar para recordar el post que escribía, que redondeaba, perfeccionandolo, como una bolita de barro cada vez más compacta entre las palmas de mis manos o seguir escribiendolo desde el sexto sentido y no despertar. Pero hace dos (o tres) días tuve El Sueño de los sueños de los posts.

Esta vez el texto que yo escribía era corpóreo. Una masa blanca, opaca, moldeable y suave. Un glaciar de polenta, un vertido de gachas, que avanzaba, que se iba ajustando a la forma de un valle abierto, una amplia grieta abierta en el desierto, con paredes de piedra rojiza a ambos lados. Un cañón en geografía. Una rambla. La viscosidad opaca, el blop, blanco, mate y en apariencia comestible, se movía sin prisa pero sin pausa, cubriendo toda la grieta, inundandola hasta la cima, rellenando hasta los últimos intersticios, como si esta hondonada fuera el molde donde fuera a cuajarse un momento después.

Atardecía. Desde arriba yo contemplaba como las palabras que salían de mi cabeza, al escribirlas, hacían que este glaciar, que era mi texto transformado en yogur líquido, se extendiese con mayor claridad, con mayor diligencia y precisión. Y también podía ver que había zonas de la masa blanquecina, de las que que tomaban la delantera, que emitían sutiles destellos azules, rojos, anaranjados, una palpitación que hacía posible el avance, como si de la locomotora del glaciar se tratase. El interior estaba vivo. Estas zonas que parpadeaban luz emitian además letras desde su interior. Una sola palabra. Cada parte de las que avanza emitía una palabra distinta. Sorprendido me agaché a leer cada palabra. Eran nombres.

Nombres asociados a su textura, a su densidad femenina, blanco de almendra, dulce, una mezcla de suave masa para galletas, helado de crema y manjarblanco, mi texto era una materia que no solo estaba viva y se movía sino que estaba habitada y [como sobre el papel de un mapa los nombres de los ríos y las montañas están escritos en grandes letras] sus nombres desde el interior latían en negro sobre blanco situando cada zona motriz, como a una constelación dentro de un todo inmenso, que creciendo, moviendose, blanco, hacia adelante, cubriendo cada hendidura, susurrante, inundara con su claridad rotunda esta oscura tierra en pleno ocaso.

 



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