27 agosto 2005

niños que crecen


el nombre que tiene este blog que leeis ahora surge de un mensaje en el móvil que le mando a mi amiga B porque llegaba tarde a una cita que tenía con ella. Llegaba tarde porque iba en autobús y este se había retrasado una enormidad. Una vez arriba del bus le mandé un mensaje que decía más o menos así Llego tarde. Ya sabes, esta manía mía de usar el transporte público... Cuando llegué a su casa le dije Ya tengo un nombre para mi blog: maníasmías, así en plural y todo junto. Se rió. Pero hoy estamos reunidos en torno a esa ocurrencia que si hubiera sido otra nos habría llevado por otros caminos, sin duda.

Esta mañana iba otra vez a ver a mi amiga B, asesora tecnológica y literaria, un poco musa y un poco milady, una vez más en autobús, para pedirle, como siempre, un favor. Delante de mí un hombre ojeaba el periódico El País de hoy y ví por encima de su hombro una foto que me atrajo especialmente, una mujer muy atractiva, años 50, miraba con descaro a una cámara en blanco y negro, giré un poco más la cabeza para ver de qué se trataba el artículo y ví que el titular rezaba: Clarise Lispector. Cerca del corazón salvaje.

Pensé "Cortázar". Él siempre la citaba, en La vuelta al día en ochenta mundos, en Salvo el crepúsculo, en El último round, entrecomillada o redactando su inspiración hacia esta mujer siempre en tono admirativo. Pero yo jamás había leído algo de ella hasta hoy mismo. Al bajarme del bus he comprado el periódico. Al llegar a casa de B, aún sin leer el artículo, le comento lo que ha pasado, le enseño el periódico y me dice. Ah! Sí, me dejaron un libro de ella pero como tengo tantas cosas que leer no lo he empezado. Te lo presto. La oigo hurgar por sus estanterías y aparece con un libro de bolsillo. Clarise Lispector. Felicidad clandestina.
La foto de ella en la contraportada, qué coincidencia, es la misma que aparece en el periódico. Le digo a B, Anda, si es la misma foto del periódico. Y me responde, condición femenina, Sí, esta debía de ser como Sara Montiel que salió bien en una foto y ya usaba siempre la misma para todo. Mientras ella terminaba de hacer un par de cosas me senté en la mesa de su comedor y empecé a leerlo, primero la solapa, la contraportada. Así me entero que Clarise Lispector es brasileña aunque nacida en Ucrania, de familia judía, etc, etc.

Felicidad clandestina es un libro de relatos y el primero, que da nombre al libro, es precisamente de una niña a la que prestan un libro y goza tanto con el deseo de leerlo que no empieza a leer de inmediato, como hice yo con el suyo, sino que lo mira por encima, lee unas lineas lo vuelve a dejar, hace como que lo pierde por la casa, lo vuelve a encontrar, pasa su mano por la cubierta sin abrirlo, dejando que el placer de la probable lectura se prolonge o lo sostiene en el regazo abierto por una página, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo, dice ella.
Ahí descubre la mujer que era entonces esa niña que estaba creando obstaculos falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Que para ella la felicidad siempre habría de ser clandestina. Un presentimiento de vida en la infancia.

Como Marcel Proust en En busca del tiempo perdido se demora un volumen entero de su obra en contar la vida de Swann, un amigo de sus padres al que el Marcel niño admira profundamente desde su inocencia infantil. Ya en su madurez dicha admiración acabaría por llevarle inconscientemente a seguir los mismos pasos y cometer los mismos errores que ese hombre idealizado, huellas de perfección y glamour distorsionadas que le llevan a sufrir en sus carnes lo que en realidad significaba para el propio Swann caminar por el camino de Swann.

Así, pensé, en los hechos aparentemente nimios de los gestos y los ritos infantiles está el germen del adulto que pugna por crecer dentro de los cuerpos diminutos. Y esto me hace volver a Cortázar, cuando yo leí, devoré, Rayuela, que me regalaron en mi dieciocho cumpleaños, soñé, secretamente, vivir esa vida de bohemia y absurdo, de habitaciones llenas de humo, lenguajes inventados, gauloises y calvados, ese arrastrarse por cafés insomnes de tantas madrugadas en busca de la inspiración para el verso, para el parrafo ya latiendo en la punta de la pluma. Y me empeñé en ello. ¿Qué había en ese libro que tanto había marcado mi adolescencia? Al cumplir los cuarenta volví a leerlo, desde el lado de acá, como una continuación del rito. Buscando, casi escéptico, un poco al mí mismo de entonces y al que creció a su sombra, fui viendo con agrado que la novela seguía igual de viva e intensa, pero al avanzar en sus lineas descubrí sorprendido, con ojos atónitos, que Rayuela no era un libro sobre la bohemia, sino que era un libro sobre el fracaso.

 



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